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Como un velero que ha encontrado de nuevo, un día de suerte, en la calma de su infinita deriva, la brisa amiga que lo saca del letargo, he encontrado al cabo de los años a una amiga, a Maritza, no a la vieja amiga de los años de juventud, cuando estudiábamos Arquitectura, no a la que iba a estar horas escuchándome tocar el piano en "La Casa Blanca" aquella que convertimos en lugar de encuentro cultural universitario, sino a otra persona mucho más elaborada, grande y nueva a pesar del tiempo transcurrido pero también, por supuesto, gracias a este, a alguien que hasta ahora no conocía, a una Maritza perfeccionada y perfeccionista, superada y superior, renovada y reinventada, insistente y tenaz, renacida y realizada, más sabia, madura y plena, en resumen… Mejor!
En efecto, fue un día se suerte, porque encontré aun mas, su magnífica obra, tan nueva, tan delicada, tan nuestra, obra viva que nace de las cenizas de la desesperanza, de entre lo muerto y estéril, una obra sorprendente y valiosa, para mí, para todos.
Tienen sus tintas un dolor intrínseco, una agonía pertinaz y perpetua que es, como ya dijo antes con acierto, nuestro amigo común y colega, el Arquitecto Augusto Rivero Mas: "La invitación para una travesía en un mar infinito, de aparente calma, dominado por un terrible sortilegio de raíces, que todo lo inmoviliza".
Dramáticos, estremecedores, son sus cuadros, mas allá de la pura expresión plástica, nos enfrentan a nosotros mismos, a nuestras filias y a nuestras fobias, a nuestras nostalgias y melancolías, llevándonos de inmediato a la profunda reflexión critica y a ese análisis existencial que nos hace mejores, sentimientos que cuando tienen lugar, dan al arte el sentido y la razón de su existencia, trascendiendo la pura contemplación estética.
Me ocurre, que hoy la veo indeleble, retratada en cada trazo de tinta de su obra y la veo, como un día me vi claramente, casi desesperado, a mi mismo inmerso en las angustias de la vida, inmersa ella, en las angustias de sus cuadros.
"Mensaje de Intramar" no nos trae el mensaje de una botella que un barco recoge, o que carena en la orilla, nos presenta al navío que somos, apresado, víctima de su limitado y propio mar interior, apenas sin viento, casi sin aire, a punto de consumir todo el oxigeno de ese universo minúsculo que a veces nos hacemos, o nos hacen.
"A toda vela" me desvela aquel deseo imposible, entreverado y enraizado en una realidad inamovible, deseo que es todo vocación y fe, pero solo es eso, un ansia sin futuro, que a fuerza de no llegar a ser, nos va desgastando el alma, en medio de la quietud atmosférica, propia o impuesta.
"Viento del Sur" acaricia una noción que no nos lleva a norte alguno, porque ya las raíces dejaron de ser solo ataduras externas, para enraizarse también dentro del casco, como el tumor que corroe la víscera y nos presenta la cara oculta de la vida, la muerte, el olvido.
"A Estribor" nos sugiere que a babor no es el camino a la vez que nos presenta un estribor a desbrozar si se quiere soltar amarras, para navegar con suerte solo hacia adelante, entre los flancos extremos que escoltan nuestra existencia.
Así, uno a uno, impacto tras impacto, nos va Maritza penetrando el alma con el dibujo de la suya…y vuelvo a citar aquí, a nuestro amigo Augusto Rivero: "Cada embarcación es en sí misma una tragedia, una existencia en vilo, un pensamiento que lucha por trascender, un viaje trunco, en el que Maritza va detallando, con minuciosa delicadeza, cada pedazo de Madera, cada raíz, cada estrellamiento de una ola y la dirección de cualquier caprichoso viento, que pugna siempre por romper la inmovilidad, la espera forzosa" a lo que yo añado: Con su talento, con ese inefable rayo de sol que hace salir del madero muerto, volando, un ave de oro y por supuesto, con la esperanza, que es lo último que se pierde.
Hay en especial tres obras, que me han cautivado, a las que considero una trilogía, un tríptico, ya que son cuadros que se relacionan y lo resumen todo.
"Arraigo", me partió el alma, es quizá el más crudo de sus cuadros, el que más expresa la desesperanza, me genera una angustia sobrecogedora, por la sola idea de ver a ese simbólico velero, que fuera un día concebido para navegar en libertad, preso, con sus velas infladas por el viento que la naturaleza le brinda, pero atado, como si de un destino nefasto se tratara, por esas fuertes raíces que lo inmovilizan sin permitirle lograrlo jamás, raíces que bien pueden ser, las raíces del recuerdo, de los apegos, o de aquel afán por "ser o no ser" en el menos malo de los casos, de una tierra, de una historia, de un lugar, pero que en el caso mas trágico, son también las raíces físicas que terminan por brotar de la madera de un casco inútil, que habiendo sido árbol, cansado ya de no moverse, cansado ya de no cansarse, de no navegar, ni aun cuando ha estado botado al agua, termina volviendo a ser leño, arraigándose a la tierra, tristemente resignado, o quizá por el azar y peor aún, enredándose mas y mas cada vez, en la propia raigambre, densa y prisionera, de los retorcidos manglares costeros, esos, que cual simbólicas rejas, aíslan, definen y cierran, el perímetro de su isla natal.
"Desarraigo", es también triste, aunque
quizá menos dramático, porque ya a fuerza
de estar atrapado, imaginariamente vuela,
se escapa, nada puede contra la imaginación
y siente, que de un tirón arranca sus
raíces y se libera, incluso del mar, trascendiéndolo,
pues se puede anclar y arraigar lo físico,
pero nunca a lo imaginario, que por su
naturaleza libre, tiende siempre como
polen a darse al viento y quizá con este,
al desarraigo, porque volar tiene su precio
y nos puede dejar las velas rotas, por
no saber a ciencia cierta su destino y
con la permanente zozobra, de terminar
arraigándose un día, en tierra ajena.
"A Todo Trapo", es la victoria sobre todo
género de prisiones, es la libertad desatada
y trascendental, que se duele de los trapos
que un día fueron velas y son ahora jirones,
pero que a pesar de todo, a todo trapo
va, con el casco agujereado por los golpes,
es cierto, pero con el sueño ya logrado,
quizá en el "Arraigo", en el "Desarraigo",
en el camino que es la propia vida, o
quizá simplemente allí, en el sitio donde
pudo ser y a donde los muchos avatares
nos terminaron llevando, entre las densas
nubes, por las que, con esperanza, siempre
se alcanza a ver una brecha azul, del
cielo que nos señala siempre cual es la
dirección.
En algunos de sus cuadros, no parece haber futuro y en otros, el futuro es aún incierto, por eso los presenta en blanco y negro.
Pero en aquellos cuadros supremos, que nos presenta como envueltos en un manto de luz, ya sin ataduras, el futuro existe y es un canto de, fuego, tierra, mar y aire, es al fin la inmensidad conquistada, a todo color y ya sin límites.
Raúl Izquierdo,
Nueva York, 20 de febrero de 2009
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